El miedo a la oscuridad es uno de los miedos más comunes en los niños.
La noche es buena cuando se descansa, pero también es motivo de sufrimiento para aquellos que nos son capaces de conciliar el sueño.
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La noche es buena cuando se descansa, pero también es motivo de sufrimiento para aquellos que nos son capaces de conciliar el sueño.
Caso práctico de terapia en niños
Un niño de 9 años vino acompañado de sus padres.
“B. tiene problemas para dormir, hay veces que se levanta de 15 a 20 veces en una noche, a veces se duerme, pero luego se vuelve a levantar… Es muy duro porque además, ya no disfruta ni durante el día, se pasa el día preguntando qué hora es (porque no quiere ponerse el reloj) dice que es porque no quiere que llegue la noche. Queremos que se ponga el reloj para que no pregunte tanto, pero no quiere. Se le ve nervioso cuando se acerca la tarde/noche y ya no es capaz de pasarlo bien, ni aunque sea en fiestas. Nunca ha sido un dormilón, pero en estas condiciones llevamos unos cuatro meses”.
Nos pareció un niño tan comprometido con su problema y con tantas ganas de cambiar, que curiosamente hicimos casi todo el tratamiento con él solo y al final de cada sesión se solían incorporar unos minutos uno de los padres, el que le viniera a buscar. No era para nada un niño miedoso.
B. estaba muy preocupado con lo que le pasaba y en la primera sesión lloraba diciendo que no el íbamos a poder ayudar, que eso no se le iba a quitar porque era muy difícil y él quería dormir como los demás niños. Además que cuando no se dormía pensaba siempre cosas malas. Que quería pensar cosas buenas pero no podía. Comentaba que era una suerte cuando era pequeño y no tenía cerebro porque desde que pudo pensar le pasaban estas cosas.
Este caso fue precioso por ver a este niño disfrutar de sus logros. Es un caso viejo, pero el compromiso que adquirió con la terapia y el agradecimiento tan tremendo que tenía, no se nos olvida tampoco a los terapeutas.
A los 7 años tuvo algún episodio de dormir muy mal por miedo a la muerte y alguno por miedo a separarse de los padres, pero parece que se superaron con éxito, sin embargo algún mal recuerdo se inició de nuevo cuando empezó con estos episodios, que hizo que empezara a darle a su cabeza más vueltas de la cuenta, a intentar dormir de manera ineficaz, a obsesionarse con el tema (algo bastante común en los problemas de sueño) y a entrar en la espiral de soluciones ineficaces que le llevaban cada vez a hacer más grande su problema.
Se empezó a pensar en soluciones muy diferentes, en hacer tareas encaminadas a probar cosas que B. nunca había hecho y a trabajar sus obsesiones. Se trabajaron los pensamientos negativos, que cedieron con bastante rapidez simplemente haciendo otras cosas que distraían sus obsesiones. En el trascurso de la terapia, que desde el principio fue muy bien, los padres hacían más demandas y por ello trabajamos algunas de sus otras obsesiones, lo que le siguió ayudando en el tema de sueño. En la última sesión del tratamiento B. se dedicó a diseñar una serie de consejos útiles para ayudar a un compañero suyo que, según comentaba él, tenía miedo a las noches e iba a ser un compañero de habitación en una salida próxima que iban a tener con el colegio (curiosamente luego tuvimos a este compañero en terapia). B. le ayudó mucho en esta salida durante el tiempo que estaban acostados antes de dormirse, aunque no pudo terminar la tarea como pequeño terapeuta.
Los padres también se mostraron muy colaboradores y cuando requeríamos de su ayuda para alguna de las tareas, siempre estuvieron dispuestos.
Tiempo usado en la terapia y tratamiento.
Se llevaron a cabo 10 sesiones, las 3 últimas muy espaciadas en el tiempo, una al mes. Luego el niño se comprometió a enviarnos un mail para contarnos cómo iban las cosas y así lo hizo. Al de 6 meses se hizo un seguimiento y se comprobó que el niño estaba durmiendo bien. En ningún momento hubo mención de las manías por parte de los padres.
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